11 enero 2006

Sembrador

Es tal tu armonía que en sembrador me convierte.
No en cualquier sembrador, ya que a este le es dado sentir,
que tiene la fortuna, la gracia, la dicha y la suerte,
de soñar que te respira al quererte y que te riega al vivir.

Me labro la piel, cual surco, para que tú puedas entrar.
Te invito a sembrarte en mi alma hasta que decidas florecer.
Así, germinamos los dos, por las estaciones, juntos, sin hablar,
ahora y por siempre, desflorando, disfrutando, en continuo renacer.

¿Qué sentido tiene tener una piel, si no es el de querer sembrarla?
¿Para qué tenemos entonces el alma, si no ha de estar plantada?
Es por la siembra y por el alba que la noche se merece el esperarla.
Con perfume y dulzor es como la flor y la fruta agradecen la sembrada.

Estaba sembrando mis sueños cuando me vino el antojo de soñarte.
Soñé que tú te me plantabas para que yo te regara y fueses abonada.
Y resultó tan plena nuestra cosecha, que no he querido despertarte.
No por ahora. No es la época. Tendremos que esperar la madrugada.


Pablo Liendo
10-05-2003