01 noviembre 2004

 

Referentes Externos: un reto al subconsciente

 

A un cierto grado de abstracción, las sociedades en general y el individuo en particular son sistemas en búsqueda de metas (“Goal Seeking Systems”) y que a la vez aprenden (“Learning Systems”). El modelo básico detrás de este análisis está dado por la siguiente definición operacional de lo que es un problema:

Un problema no es sino una desviación consciente
entre una condicion deseada
y
la realidad tal como es percibida

 Así las cosas, para resolver un problema se requiere: 

1.      Contar con alguna aproximación más o menos explícita de la condición deseada

2.      Disponer de algún mecanismo para “percibir” la realidad en momentos dados

3.      Tener el poder de incidir sobre las variables que determinan la realidad, la condición deseada o ambas

4.      Tener la voluntad de resolver el problema

5.      Proceder efectivamente a disminuir la mencionada desviación. 

Vivimos inmersos en problemas y continuamente damos buena cuenta de ellos. Sin embargo hay problemas más elusivos que otros. Independientemente de nuestro poder para disminuir la desviación que nos ocupa, solemos tener dificultad en definir la condición deseada aunado a nuestra vulnerabilidad al pretender percibir la realidad, la cual es inconmensurablemente compleja. Para el caso de un colectivo humano esa dificultad llega a niveles absolutos, no habiendo tal cosa como una condición deseada por todos, no siendo factible que todos sus integrantes interaccionen con la misma realidad y, aun así, es altamente improbable que la perciban igual. Pesa mucho el elemento subjetivo, tanto al desear como al percibir. Es esa, emblemáticamente, una de las grandes diferencias actuales entre el hombre y la máquina. Independientemente de si la máquina llegue a tener la capacidad de desear o de percibir, de hacerlo es muy probable que lo haga en forma determinística. Nuestros deseos y percepciones son “en cabeza propia” y en buena parte sujetas al capricho, tanto así que nos sorprendemos de nuestros propios procesos y de sus productos. Por algo el legislador hace consideraciones especiales frente a un crimen pasional. 

Por una suerte de fantasía, las sociedades aspiran descarnar de subjetividad a ciertos procesos. Esa es la fundamentación del Estado de Derecho, de la institucionalidad y, en cierta forma discutible, de las religiones, las mitologías, las leyes científicas, etc. Se trata pues de apelar a un referente externo que no sea influenciable por los actores implicados. El Oráculo. La justicia divina. En este análisis nos surge un nuevo problema: ya no sólo se trata de disminuir una desviación entre una condición deseada y la realidad percibida; ahora nos toca preservar nuestro humanismo antropocéntrico amenazado por el referente externo de turno. Surge la noción del Pecado Original, la trasgresión, el delito. Numerosos son los ejemplos emblemáticos de esa estructura caracterizada por un constructo social destinado a controlar al humano en su quehacer y luego una reacción destinada a neutralizar tan inhumana intención. Para convenir el eventual manejo de descarríos hacemos la Ley, pero luego pronunciamos lapidariamente: “Quien hace la Ley hace la trampa”. Vemos una señal vial que nos advierte: “Velocidad Controlada por Radar”, momento en el cual procedemos a activar a un detector de radar para evitar ser atrapados en forma in fraganti. Se han desarrollado n variantes de cerraduras y los cerrajeros disponen de al menos n+1 formas de desactivarlas, de ahí que la picaresca insista en la inutilidad de esa barbaridad conocida eufemísticamente como el Cinturón de Castidad. Los contrabandistas violan sistemáticamente los dispositivos más ingeniosos. Hay ladrones especializados en robar cajeros automáticos. De entre los llamados “Hacker” su variante delincuencial conocida como el “Cracker” está ahí con el fin último de violentar las restricciones que le imponga una máquina. Es de hacer notar que sus actuaciones más notables suelen percibirse como verdaderas proezas y hasta evocan manifestaciones de verdadera admiración por parte del ciudadano común.

 Volviendo a nuestro modelo básico: el problema como desviación entre lo percibido y lo deseado, nos toca considerar que a veces lo que procede no es lo que se desea sino lo que se debe hacer. Nuevamente aparece ante nosotros la figura del referente externo. No es lo que yo quiero sino lo que alguien o algo quiere de mí. Si nos paseamos por el otro dominio: el del poder, nos toca aceptar que no es lo que yo quiero, ni siquiera lo que alguien o algo quiere de mí, sino lo que está en mis manos hacer. Hay un algo de poder que me es externo y que no controlo. Puedo en ese caso apelar al ingenio y crear o utilizar una herramienta que me complemente ese poder que yo no tengo. Cuando la herramienta incrementa la fuerza física que yo pueda ejercer, o mi agudeza visual o acústica, entonces estoy contento con mis esclavos tecnológicos, sean estos una prensa, un catalejo o un audífono con un amplificador. No así ocurre cuando la herramienta viene a apuntalar una facultad de mi intelecto, justamente eso que me han dicho que es lo que determina mi condición humana. En este caso es harto frecuente que mostremos algún grado de celos. Estamos compitiendo con algo que potencialmente podría desplazarnos. El clásico arquetipo del Aprendiz de Brujo, de Frankenstein, del virus del SIDA (aquel que “dicen se escapó de un laboratorio”), la Internet, la biotecnología, la clonación, la Inteligencia Artificial, la Vida Artificial, el Cyborg, etc. Todos constructos humanos que son percibidos como capaces de cobrar autonomía y revertir su poder en contra de la humanidad que los creó. Se nos ocurre que, a un nivel meta, el grado máximo de este arquetipo estaría dado por la rebelión del Hombre contra El Creador!  

 Una manera de aproximarse a la consulta de opiniones de un colectivo es mediante la realización de un proceso de votación. Lo usual es que, ya de inicio, se hayan restringido los grados de libertad reduciendo las opciones a escoger hasta limitarlas a un conjunto finito y pequeño. Las sociedades modernas se han complejizado. Por una parte son volúmenes mayores de participantes potenciales. Por otra parte hay más influencia del entorno informacional sobre los votantes. Más recientemente, los desarrollos tecnológicos nos han permitido concebir mecanismos para escrutar la opinión expresada en procesos eleccionarios. La sobresimplificación aquí es suponer que, al menos la actividad de cuantificar la distribución de voluntades, se pueda automatizar marginando así la intervención presumiblemente parcializada de los actores implicados. La tesis que adelantamos en esta reflexión es que lo que termina ocurriendo es un reto a la integridad de nuestro albedrío frente al referente externo. Presenciar pasivamente a un colectivo delegando la sistematización de la expresión de su voluntad en manos de una máquina es pedirle mucho a un terrícola contemporáneo. De modo que, al margen de intereses subalternos por parte de los políticos que vean amenazados sus intereses grupales o individuales, el personal técnico tiene frente a sí un dilema colosal: demostrar que -aunque sea obedeciendo a una pulsión del subconsciente, o bien se preserva el control efectivo sobre la obediencia de la máquina a sus designios, o se claudica a favor de la máquina y se acata su última voluntad.

 Para integrar lo que hemos argumentado, es perfectamente posible que detrás de los llamados fraudes electorales esté expresándose la atávica lucha del hombre y la máquina. Al dilema de nuestro individuo o colectivo, con su dificultad para tomar conciencia de lo que desea, se le suma el que no quiera que una máquina congele una breve expresión de su voluntad. Quienes estén siendo evaluados por procesos eleccionarios verán en la máquina la oportunidad de mostrarle a sus seguidores que es el humano quien controla a la máquina. Lo contrario pudiese ser indicativo de una debilidad, lo cual es muy costoso para un líder convencional. Al igual que el pecado, posiblemente el ciudadano contemporáneo “variedad jardín” no está exento de la tentación de tomar control sobre una máquina si se tienen las destrezas y se carece de los valores éticos adecuados. Por su parte, al político inescrupuloso sólo le queda la tarea de tomar control de aquel técnico que sepa domesticar a la bestia. Nuestra apuesta es que esto último resulta menos determinístico, lo cual nos lleva a un nuevo y más complejo problema!

 La idea básica que hemos desarrollado hasta aquí es que, como sistemas en búsqueda de metas (“Goal Seeking Systems”), incluso para Robinson Crusoe, el afán de buscar metas implica una tarea harto difícil. Tanto así que, para tranquilidad de los políticos, hemos dado con la coartada perfecta: pretender conocer lo que desea un colectivo y cómo esto se desvía de la realidad que todos perciben es una verdadera Misión Imposible!

 Por su parte, al considerarnos como parte de aquellos sistemas que aprenden (“Learning Systems”), la evidencia nos muestra cómo la subjetividad no es bien acogida como regente de nuestro accionar social. De ahí que soñamos con referentes externos, “que vean los toros desde la barrera”, “sin involucrarse emocionalmente”, “jueces imparciales”, “auditorías externas”, “máquinas de votación”, “observadores internacionales”, etc. Luego, aun desde el subconsciente, les salimos al paso, con celos, al ver amenazado nuestro lugar hegemónico en el cosmos. La capacidad de aprendizaje derivada del camino recorrido tiene una enorme diversidad entre individuos o colectivos y sus ineficiencias pueden ser muy costosas para nuestras biografías o para la historia.

 

Pablo Liendo

Noviembre 2004

A ser publicado en la Revista TH