Referentes Externos: un reto al subconsciente
A un cierto grado de abstracción,
las sociedades en general y el individuo en particular son sistemas en búsqueda
de metas (“Goal Seeking Systems”) y que a la vez aprenden (“Learning Systems”).
El modelo básico detrás de este análisis está dado por la siguiente definición
operacional de lo que es un problema:
Un problema no es sino una desviación consciente
entre una condicion deseada
y
la realidad tal como es percibida
Así las cosas, para resolver un problema se requiere:
1. Contar
con alguna aproximación más o menos explícita de la condición deseada
2.
Disponer de algún mecanismo para “percibir” la realidad
en momentos dados
3. Tener
el poder de incidir sobre las variables que determinan la realidad, la
condición deseada o ambas
4. Tener
la voluntad de resolver el problema
5. Proceder
efectivamente a disminuir la mencionada desviación.
Vivimos inmersos en problemas y
continuamente damos buena cuenta de ellos. Sin embargo hay problemas más
elusivos que otros. Independientemente de nuestro poder para disminuir la
desviación que nos ocupa, solemos tener dificultad en definir la condición deseada
aunado a nuestra vulnerabilidad al pretender percibir la realidad, la cual es
inconmensurablemente compleja. Para el caso de un colectivo humano esa dificultad
llega a niveles absolutos, no habiendo tal cosa como una condición deseada por
todos, no siendo factible que todos sus integrantes interaccionen con la misma
realidad y, aun así, es altamente improbable que la perciban igual. Pesa mucho
el elemento subjetivo, tanto al desear
como al percibir. Es esa,
emblemáticamente, una de las grandes diferencias actuales entre el hombre y la
máquina. Independientemente de si la máquina llegue a tener la capacidad de desear
o de percibir, de hacerlo es muy probable que lo haga en forma determinística. Nuestros
deseos y percepciones son “en cabeza propia” y en buena parte sujetas al
capricho, tanto así que nos sorprendemos de nuestros propios procesos y de sus
productos. Por algo el legislador hace consideraciones especiales frente a un
crimen pasional.
Por una suerte de fantasía, las
sociedades aspiran descarnar de subjetividad a ciertos procesos. Esa es la
fundamentación del Estado de Derecho, de la institucionalidad y, en cierta
forma discutible, de las religiones, las mitologías, las leyes científicas,
etc. Se trata pues de apelar a un referente externo que no sea influenciable
por los actores implicados. El Oráculo. La justicia divina. En este análisis
nos surge un nuevo problema: ya no sólo se trata de disminuir una desviación
entre una condición deseada y la realidad percibida; ahora nos toca preservar
nuestro humanismo antropocéntrico amenazado por el referente externo de turno.
Surge la noción del Pecado Original, la trasgresión, el delito. Numerosos son
los ejemplos emblemáticos de esa estructura caracterizada por un constructo
social destinado a controlar al humano en su quehacer y luego una reacción
destinada a neutralizar tan inhumana intención. Para convenir el eventual
manejo de descarríos hacemos la Ley, pero luego pronunciamos lapidariamente:
“Quien hace la Ley hace la trampa”. Vemos una señal vial que nos advierte:
“Velocidad Controlada por Radar”, momento en el cual procedemos a activar a un
detector de radar para evitar ser atrapados en forma in fraganti. Se han desarrollado n variantes de cerraduras y los cerrajeros disponen de al menos n+1 formas de desactivarlas, de ahí que
la picaresca insista en la inutilidad de esa barbaridad conocida eufemísticamente
como el Cinturón de Castidad. Los contrabandistas violan sistemáticamente los
dispositivos más ingeniosos. Hay ladrones especializados en robar cajeros
automáticos. De entre los llamados “Hacker” su variante delincuencial conocida
como el “Cracker” está ahí con el fin último de violentar las restricciones que
le imponga una máquina. Es de hacer notar que sus actuaciones más notables suelen
percibirse como verdaderas proezas y hasta evocan manifestaciones de verdadera admiración
por parte del ciudadano común.
Volviendo a nuestro modelo
básico: el problema como desviación entre lo percibido y lo deseado, nos toca
considerar que a veces lo que procede no es lo que se desea sino lo que se debe
hacer. Nuevamente aparece ante nosotros la figura del referente externo. No es
lo que yo quiero sino lo que alguien o algo quiere de mí. Si nos paseamos por
el otro dominio: el del poder, nos toca aceptar que no es lo que yo quiero, ni
siquiera lo que alguien o algo quiere de mí, sino lo que está en mis manos hacer.
Hay un algo de poder que me es externo y que no controlo. Puedo en ese caso
apelar al ingenio y crear o utilizar una herramienta que me complemente ese
poder que yo no tengo. Cuando la herramienta incrementa la fuerza física que yo
pueda ejercer, o mi agudeza visual o acústica, entonces estoy contento con mis
esclavos tecnológicos, sean estos una prensa, un catalejo o un audífono con un
amplificador. No así ocurre cuando la herramienta viene a apuntalar una
facultad de mi intelecto, justamente eso que me han dicho que es lo que
determina mi condición humana. En este caso es harto frecuente que mostremos
algún grado de celos. Estamos compitiendo con algo que potencialmente podría
desplazarnos. El clásico arquetipo del Aprendiz de Brujo, de Frankenstein, del
virus del SIDA (aquel que “dicen se escapó de un laboratorio”), la Internet, la
biotecnología, la clonación, la Inteligencia Artificial, la Vida Artificial, el
Cyborg, etc. Todos constructos humanos que son percibidos como capaces de
cobrar autonomía y revertir su poder en contra de la humanidad que los creó. Se
nos ocurre que, a un nivel meta, el grado máximo de este arquetipo estaría dado
por la rebelión del Hombre contra El Creador!
Una manera de aproximarse a la consulta
de opiniones de un colectivo es mediante la realización de un proceso de
votación. Lo usual es que, ya de inicio, se hayan restringido los grados de
libertad reduciendo las opciones a escoger hasta limitarlas a un conjunto
finito y pequeño. Las sociedades modernas se han complejizado. Por una parte
son volúmenes mayores de participantes potenciales. Por otra parte hay más
influencia del entorno informacional sobre los votantes. Más recientemente, los
desarrollos tecnológicos nos han permitido concebir mecanismos para escrutar la
opinión expresada en procesos eleccionarios. La sobresimplificación aquí es
suponer que, al menos la actividad de cuantificar la distribución de voluntades,
se pueda automatizar marginando así la intervención presumiblemente
parcializada de los actores implicados. La tesis que adelantamos en esta
reflexión es que lo que termina ocurriendo es un reto a la integridad de
nuestro albedrío frente al referente externo. Presenciar pasivamente a un
colectivo delegando la sistematización de la expresión de su voluntad en manos
de una máquina es pedirle mucho a un terrícola contemporáneo. De modo que, al
margen de intereses subalternos por parte de los políticos que vean amenazados
sus intereses grupales o individuales, el personal técnico tiene frente a sí un
dilema colosal: demostrar que -aunque sea obedeciendo a una pulsión del
subconsciente, o bien se preserva el control efectivo sobre la obediencia de la
máquina a sus designios, o se claudica a favor de la máquina y se acata su
última voluntad.
Para integrar lo que hemos
argumentado, es perfectamente posible que detrás de los llamados fraudes
electorales esté expresándose la atávica lucha del hombre y la máquina. Al
dilema de nuestro individuo o colectivo, con su dificultad para tomar
conciencia de lo que desea, se le suma el que no quiera que una máquina congele
una breve expresión de su voluntad. Quienes estén siendo evaluados por procesos
eleccionarios verán en la máquina la oportunidad de mostrarle a sus seguidores
que es el humano quien controla a la máquina. Lo contrario pudiese ser
indicativo de una debilidad, lo cual es muy costoso para un líder convencional.
Al igual que el pecado, posiblemente el ciudadano contemporáneo “variedad
jardín” no está exento de la tentación de tomar control sobre una máquina si se
tienen las destrezas y se carece de los valores éticos adecuados. Por su parte,
al político inescrupuloso sólo le queda la tarea de tomar control de aquel
técnico que sepa domesticar a la bestia. Nuestra apuesta es que esto último
resulta menos determinístico, lo cual nos lleva a un nuevo y más complejo
problema!
La idea básica que hemos desarrollado
hasta aquí es que, como sistemas en búsqueda de metas (“Goal Seeking Systems”),
incluso para Robinson Crusoe, el afán de buscar metas implica una tarea harto
difícil. Tanto así que, para tranquilidad de los políticos, hemos dado con la
coartada perfecta: pretender conocer lo que desea un colectivo y cómo esto se
desvía de la realidad que todos perciben es una verdadera Misión Imposible!
Por su parte, al considerarnos como
parte de aquellos sistemas que aprenden (“Learning Systems”), la evidencia nos
muestra cómo la subjetividad no es bien acogida como regente de nuestro
accionar social. De ahí que soñamos con referentes externos, “que vean los
toros desde la barrera”, “sin involucrarse emocionalmente”, “jueces
imparciales”, “auditorías externas”, “máquinas de votación”, “observadores
internacionales”, etc. Luego, aun desde el subconsciente, les salimos al paso,
con celos, al ver amenazado nuestro lugar hegemónico en el cosmos. La capacidad
de aprendizaje derivada del camino recorrido tiene una enorme diversidad entre
individuos o colectivos y sus ineficiencias pueden ser muy costosas para
nuestras biografías o para la historia.
Pablo Liendo
Noviembre 2004
A ser publicado en la Revista TH